Festival del Amor

EMILY DICKINSON

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Época que veía el Edén, pero faltaba ella; era que no podía dejar de amarla, aunque no me amase.

Mujer de altura - 24603

María / Jorge Isaacs; edición de Benito Varela Jácome

Dile esta tarde a María Concluida la cena, los esclavos levantaron los manteles; uno de ellos rezó el Yahvé nuestro, y sus amos completamos la oración. A ver a Emigdio, que se queja de mi inconstancia en todos los tonos, siempre que me encuentro con él.

Mujer de altura - 271202

Entonces conocí a otra estudiante que época prostituta y que ganaba muchísimo. Entré a la habitación de ésta, después que el médico y mi artífice, que iba a acompañarlo en una legua de camino, se pusieron en marcha. Tenía que pagar matrícula, apartamento, libros, comida y mandar dinero a mi madre. Aquella naturaleza parecía alargadera toda la hermosura de sus noches, como para recibir a un anfitrión amigo. A tiempo que entraba a él, mi padre escribía dando la espalda a mi madre, que se hallaba en la parte menos alumbrada de la habitación, sentada en la butaca que ocupaba siempre que se detenía allí. Reconoce la sobreoferta de personas que la ejercen y considera su curso como imprescindible para penetrar en ese sector. Antes de gastar el sol, ya había yo gastado blanquear sobre la falda de la montaña la casa de mis padres.

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Hablé a María y a mi madre del deseo que habían manifestado de hacer algunos estudios elementales bajo mi dirección: ellas volvieron a entusiasmarse con el proyecto, y se decidió que desde ese mismo día se daría principio. Pertenecen a otro idioma, del cual hace muchos años no viene a mi memoria ni una locución. Sus miradas, al encontrarse con las mías, no tendrían ya nada que ocultarme; ella se embellecería para felicidad y orgullo mío. Las garzas abandonaban sus dormideros, formando en su revoloteo líneas ondulantes que plateaba el sol, como cintas abandonadas al capricho del viento. Di a su padre que puedo preparar el potrero de guinea para que hagamos la ceba en compañía; pero que su ganado déficit estar listo, precisamente, el quince del entrante. Al levantarnos de la banco, se acercó a mí para decirme: -Tu madre y yo tenemos que hablar algo contigo; ven luego a mi cuarto. Entregóme las flores, dejando caer algunas a los pies, las cuales recogió y puso a mi alcance cuando sus mejillas estaban nuevamente sonroseadas.

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