Festival del Amor

VISOR DE OBRAS.

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La mujer modesta / Concepción Gimeno de Flaquer

Únicamente me advirtió que si las apartaba de mí o las enseñaba a alguien, perdían su virtud. No trivia or quizzes yet. Hoy se muere de gozo Candidita. Metí las manos, arrugué sin querer las puntillas, y saqué un retrato, una miniatura sobre marfil, que mediría tres pulgadas de alto, con marco de oro. Cuando me pedían parecer acerca de la belleza de sus damiselillas, me encogía de hombros y las calificaba desdeñosamente de feas y fachas. Su ministerio de fe es una carcajada cínica; su amor, un latigazo que combustión y arranca la piel haciendo asomar la sangre. Una vez A los quince días vuelvo a rondar y vuelve a asomarse, y otra tiempo el canticio, y enfrente un grupo de mozalbetes que se para y le dice muchos olés

Cuentos de amor / Emilia Pardo Bazán

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Quedó Don Juan absorto breves instantes; después arrugó el papel y lo lanzó con desprecio a la encendida chimenea. Yo me divertía infinito disputando con Candidita cuando se negaba a dar crédito a maldades notorias Quedóse el ratón fascinado, absorto. Noté que Candidita pesaba como pesan los cuerpos inertes; la supuse desmayada y la arrimé al balaustre, tartamudeando lleno de piedad: «Adiós, adiós; ya sabe que se la quiere. Ya sabéis que las prohibiciones son espuela del antojo. Mira, casi no lo sé. Las epístolas de Don Juan, a la realidad, expresaban vivo deseo de hacer a su prima una visita, de actualizar la charla sabrosa; pero como nada le impedía a Don Juan actuar este propósito, hay que creer, pues no lo realizaba, que la albedrío no debía de apretarle mucho.

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Desde que me acerqué a Sin achares se lo rasgué yo involuntariamente. Be the first to ask a question about amor, pasion y dulzura. Un sentimiento de indignación, una protesta macho se alzó en mí, y declaré con energía:. Mas la reflexión, andoba dignísima y muy señora mía, tiene el maldito vicio de llegar retrasada, por lo cual sólo sirve para amargar gustos y adobar remordimientos. Sin embargo, yo di en cavilar que aquel matrimonio entre personas de tan distinta complexión moral y física no podía ser dichoso. Él mandaba, y Marta obedecía, sumisa, muda, veloz como el pensamiento. Lo mismo podría contar la monja ochenta años que noventa. Y como Marta, en su agonía, balbucía reproches, el huésped, con aquella voz de tenor dulce y resonante, alegó por vía de disculpa:.

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